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junio 23, 2022

Cada fin de semana

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Esperábamos con ansias el fin de semana. Sabíamos que no teníamos que ir a la escuela y podíamos descansar. El ritual de los viernes consistía en preparar cosas ricas para el finde. Mamá nos enseñaba a cocinar (mi hermana y yo lo tomábamos como un juego). Nuestra cocina tenía una gran ventana que daba a un set de televisión imaginario, y nos miraban como preparábamos: galletitas, tortas y algunas cosas saladas; éramos muy inocentes, porque lo creíamos todo.
–Vamos ayudantes, preparen los ingredientes –nos decía nuestra madre–. Se necesita harina leudante, azúcar, huevos, canela, vainilla y chocolate. Junto con mi hermana, reuníamos todos los elementos, y los presentábamos prolijamente, ya que nos estaban viendo. Mientras uno cernía la harina, el otro cascaba los huevos, y mamá completaba la preparación. Nos daba una porción de masa a cada uno, ya estirada, y como pequeños duendes nuestras manos hacían cortes diferentes con los moldes que elegíamos, unas, eran de vainilla con chocolate, otras de canela. Esos recuerdos vagan en mi mente, el sueño de creernos ser cocineros, de estar juntos, los aromas, y el amor por sobre todo, esos espacios infinitos, propios, encallados en mi alma. Hasta a veces, cuando cocino esas galletitas, escucho la voz de mi madre diciéndome:
–Uní bien todo, que no queden grumos.
Nunca nos salieron iguales a las de ella, porque a todo le ponía su toque de amor.

Liliana Taranto - Taller de la Luna

 

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