Páginas

febrero 28, 2023

Las doce

Sabía que su falta de orden y disciplina le complicaría la nueva convivencia. La restricción de salidas, más la imposibilidad de ir a bares y a otros lugares que tanto había frecuentado, ya no le preocupaban. Desde hacía unos meses pasaba parte del día en la silla de ruedas. Aunque trató de conocer más detalles de ese lugar, seguía teniendo poca información. Así, sin muchas certezas, se resignó a aceptar su nueva realidad. La imaginó tediosa y monótona; tal vez, alterada con alguna que otra visita de Juanito.

La última vez que se habían visto, solo hablaron de música. Desde que a Juanito se le había dado por estudiar batería Eusebio se había convertido en su oyente privilegiado. No le importaba saber si era el afecto de nieto o la posibilidad de tocar sin límite lo que motivaba al pibe a visitarlo tres veces por semana. Consciente de que los parches y los platillos molestan menos en la casa del abuelo, había mantenido un silencio conveniente para aliviar su soledad.

Ahora Eusebio miraba el jardín de atrás de un vidrio. Algún soplo de brisa, que caprichoso se metía entre los paredones que le impedían las tardes de sol, cada tanto despabilaba las plantas y le daba vida a esa foto. Él tenía muy presente el momento en que había ingresado al geriátrico. Aquella vez, después de los saludos de ocasión, que sólo algunos respondieron con cierta lucidez, se detuvo frente a esa misma ventana repasando sus días felices.

Al comienzo del verano en que Juanito se fue a tocar a la costa, se quedó sin argumentos para seguir viviendo en su casa.

–Esta nueva vida requiere orden –le dijo el enfermero al recibirlo.

Orden cerrado, pensó Eusebio recordando la colimba durante la primera siesta. Desayunar a las ocho, esperar hasta el almuerzo, después la siesta, merienda, tiempo libre, cena, otra vez tiempo libre y a dormir.

El eufemismo tiempo libre incluye, medicación, ducha y, en su caso, ejercicios de rehabilitación, escuchar un poco de música, lectura de lo que haya a mano;

y soportar la bobadas de las chicas y el enfermero. Sólo cuando hablaba con el proveedor de verduras se divertía un poco. –“Ese pibe es un atorrante lindo…, hablamos de fútbol, nos contamos chistes y nos cagamos de risa. Me conecta con lo que pasa allá afuera, ¡no como estos bobos que tienen menos calle que Venecia!” –le dijo a Juanito la única vez que fue a visitarlo. Ese día no lo había reconocido. Nunca lo había visto con barba y el pelo tan largo, pero después de mirarlo atentamente, el tatuaje no le dejó dudas.

A los quince días de convivencia conocía todos los movimientos del Hogar. Sostenía que llamaban Hogar a ese infierno tratando de endulzar la honda amargura que debía soportar.

La sagacidad de Eusebio le permitió conocer los hábitos y costumbres de todos sus compañeros, los conocía hasta sus mínimos detalles. Notó que María tomaba un antidepresivo después de cada comida. Llevaba las pastillas a la mesa y las apoyaba al costado del plato. Las tomaba con el último sorbo de agua al terminar de comer. Eusebio se acomodaba al lado de María y, disimuladamente, le cambiaba los ansiolíticos por unas aspirinas que conseguía simulando jaquecas. Esas pastillas le ayudaban a soportar la soledad. Asi comenzó a vivir días de paz y hasta algunos de placer. En una siesta disfrutó del mar. Acarició las olas entre acordes que se mezclaban con la voz de Spinetta. Aquella tarde perdió la noción del tiempo hasta que el enfermero lo zamarreó para levantarlo.

Estas vivencias se hicieron cada vez más frecuentes. Su único límite con las pastillas era no dejar indefensa a María. La solidaridad le duró unas pocas semanas.

Cuando se llevaron a María, Eusebio tenía pastillas para muchas siestas. Ya no le interesaba relacionarse con nadie, ni siquiera con los que estaban en condiciones de tener una conversación con mínima coherencia. Esto no le molestaba, al contrario; lo liberaba de cumplidos insoportables.

Sin María, las comidas fueron perdiendo interés, lo que pronto se le notó en el color de la cara y en los sobrantes del pantalón.

El día que escuchó a Juanito en la radio, se dio cuenta inmediatamente quién era el que tocaba ese ritmo. Cuando terminó de sonar la batería apagó la radio y buscó las pastillas de María. Contó doce. Lo recordó a Juanito hablándole de bases rítmicas y cuando le explicaba detalladamente las estructuras de blues. Buscó más, pero no encontró. Solo doce. Las tragó de un solo envión de puño antes de que entrara el enfermero. Después lo saludó, le recibió el paquete con la ropa limpia y se fue al baño.

Cuando se sumergió en la bañera, lo hizo al ritmo de Juanito.


Oscar Cesareo - Taller del Mate



febrero 24, 2023

La historia

             Usted no dice nada, claro. No me va a preguntar. Pero le llama la atención. Uno no llega a un hotel y dice ¡No sabe lo que me pasó! Tampoco puedo confesarle que debí haber seguido la recomendación de mi esposa, de ponerme un jean pero no, quise viajar con el pantalón de lino blanco.

Yo tampoco puedo contarle que faltaban solo dieciocho kilómetros. Pensé que llegaba, me confié. Hasta que, amenazante el aviso, fue un palpitar interior que me hizo sentir que el tiempo estaba corriendo. Las manos se transformaron en garfios prendidos al volante. Los ojos hurgaban los costados de la ruta donde un verdor indiferente había succionado los colores borrando los rojos. Afuera todo era una penumbra que acechaba.

Mi único pensamiento era: “Debo llegar a tiempo”. Negro y aciago, el horizonte continuaba negándome el mínimo titilar de una lámpara, una marca, una señal. El camino por momentos se volvía confuso. Mi mirada se secaba buscando entre las sombras, el signo de una morada. Mi moral había comenzado a desplomarse. Entonces establecí una realidad paralela para entretener al enemigo.

Descubrí que pronunciar en voz alta el nombre de los parajes que superábamos borraba por un momento la acechanza, fui nombrando en voz alta cada una de las señales de tránsito que veía. Pero fue vana la ilusión de distraerlo. Desde mi interior el gruñido se fue profundizando hasta mutar, en un amargor en mi boca me iba marcando el frágil y delgado límite que estaba atravesando.

Espié el blando horizonte en un estado de desesperación constante hasta que finalmente descubrí aquella luz, aquella ostra enmarcada en rojo, que era el objeto de mis ruegos. El enemigo, sin yo saberlo, preparaba desde lo más hondo un ataque. Bombardeaba  mi voluntad haciéndome temer lo peor.

La luz sospechada ya era real. Faltaban pocos metros. Puse la luz de giro y el auto se detuvo, no quise distraer fuerzas frenando, sólo levanté los pies del acelerador y logré arrastrarme hasta el exterior. El menor paso en falso podía barrer con este duro triunfo ya casi obtenido. Pálido bajé del auto y el aire limpio y frío me dio por un momento una sensación muy cercana al éxito. Sentí el pelo pegado sobre mi cara bañada de sudor.  Lo que había sido una tarde tibia, era en ese momento una noche fría, respiré, buscando alivio pero el aire olía a líquidos inflamables. Seguí las señales. Crucé el espacio abierto. El camino era de piedra blanca partida y brillaba con el sol de los reflectores. Pisé con cuidado, no podía correr, pero el tiempo me jugaba en contra

Llegué a la puerta, metálica ya húmeda por el rocío que ya había caído. Giré el picaporte dorado y todos mis pensamientos se centraron en ese girar del bronce. En el abrir, que no ocurrió. Con desesperación comencé a zarandearla pero no cedió, no responde. La puerta seguía cerrada, inhospitalaria.

El empleado, envuelto en su traje rojo y amarillo, me observaba desde los surtidores. Me di cuenta ahí mismo que todo estaba perdido. Las últimas fuerzas que me quedaban me sirvieron para escuchar lejana, su voz

—¡La llave Maestro! — Y levantando la mano, me la mostró.

El enemigo llegó primero que su imagen, produjo un sudor frío que bajó desde mi frente hasta mi estómago. Me entregué, debí reconocer su victoria.  En un último esfuerzo traté desesperadamente de evitarlo, pero no lo logré. Cerré los ojos y pensé: “Por qué no me puse el jean en vez de este pantalón de lino blanco”.

Y ésta es entonces, la historia de esta mancha.


Mónica González - Invitada Especial



febrero 21, 2023

Pueblo chico

 Graciela comenzó a ir al grupo de Narcóticos anónimos de la ciudad de Chivilcoy enseguida que se mudó allí. En enero cumpliría un año.

Eran muchos los integrantes del grupo, por eso se dividían en subgrupos más pequeños. Tenían un sistema de ayuda anónima que consistía en que ,una vez al mes cada uno escribía una carta en la que comentaba los motivos que los llevaron a tomar el camino de las drogas.

El coordinador colocaba un número en un sobre cerrado. Cada participante agarraba un sobre y ese sería su número por ese mes. En la reunión siguiente, cada uno ponía su carta en otro sobre con el número afuera. Otro integrante leía esa carta y la contestaba. Devolvía su respuesta con el número afuera también,y cada quien se llevaba la carta correspondiente. Al mismo tiempo que respondía a esa especie de compañero invisible.

La carta de Graciela decía lo que sigue:

"Querido compañero invisible, hace veinte años que consumo pastillas para dormir, para despertarme,para mantenerme en pie y para soportar el peso de esta vida que llevo.

En el tiempo que tengo en narcóticos sólo tuve una recaída y estoy muy agradecida al grupo por la ayuda que recibo.

Mi historia es una más, pero como es la mía, para mí es la peor.

A los trece años comencé a usar cocaína. Todo el tiempo estaba aspirando. Dejé los estudios. No conseguía ningún trabajo que me dure. Para poder seguir en la mía, tuve que prostituirme. Por un poco de guita me dejaba coger por cualquier viejo asqueroso.

A los dieciocho quedé embarazada. No tenía idea de quién era el padre. Tampoco me interesaba saberlo, ni tener a mi cargo a alguien que dependa de mí. A pesar de ser drogadicta, nunca me hice ningún tatuaje. Porque los tatuajes son como los hijos, para siempre.

Cuando nació mi hija, le di la teta una vez y la dejé en la puerta de la iglesia del pueblo.

Pasé un año igual, drogada todo el día.

Un día me di cuenta de que así no podía seguir y pedí ayuda. Estuve sobria un tiempo y conseguí trabajo. Pero la sensación de culpa no me dejaba en paz y volví a las drogas. Está vez, legales, pero igual de dañinas para cualquiera.

Si pudiera volver atrás no sé que haría. Todos dicen que no harían lo mismo. Yo no lo sé. Lo que sí sé es que me gustaría, aunque sea, volver a ver a mi hija una vez. O saber de su vida".

 

El martes siguiente, Graciela colocó su sobre en la mesa al igual que todos. Participó de la reunión, colaboró haciendo  el café y repartiendo galletitas. Luego de la oración final tomó un sobre y volvió a su casa. Lo abrió y en él decía así:

"Querido compañero invisible, consumo cocaína desde los trece años. Dejé la escuela, soy prostituta para poder snifar todo el tiempo. Quedé embarazada y no sé quién es el padre ni me importa. Sólo sé que no puedo tener a nadie a mi cargo.

Comencé a drogarme cuando me enteré de que mis viejos no eran mis viejos. Ellos me encontraron en la puerta de una iglesia y me llevaron a su casa. Me salvaron la vida, pero yo no pude entender quién podía ser tan hija de puta como para abandonar un hijo y ahí comencé a consumir. Ahora la hija de puta soy yo, porque dejé a mi hija en la puerta de un hospital. Los hijos son como los tatuajes, por eso nunca me tatué".


Mary Brucculeri - Taller de la Luna



febrero 17, 2023

Todos los días

 Un hombre sentado impávidamente en un banco de una plaza se masajea distraídamente la piel de su frente. Inesperadamente alguien se sienta a su lado haciendo gestos extraños con la cara, moviendo sus labios, haciendo el esfuerzo por transmitir algo para lo cual no está preparado. Sabe perfectamente que quien lo escuche tampoco lo estará.

-Todos envidian mi aspecto, joven, enérgico, sin edad. Conociendo mucho del pasado, sin entender demasiado del presente, pero aquí estoy, elijo detenerme un momento y hablarle sobre mí, a modo de confesión. Le pido tenga la amabilidad de escucharme sin juzgarme, no se asuste, no le pido más que esto, luego me iré y no nos volveremos a ver.

Ambos, sentados en el banco de una plaza, absolutamente desconocidos uno del otro. Uno habla mucho, el otro solo rumia mientras asiente acompasadamente con la cabeza el relato de su visitante anónimo.

-Con el tiempo deje de extrañar. Tiempo!!! Qué palabra!!. ¿Cuanto hay detrás del tiempo? ¿Cuánta gente? ¿Cuántos sentimientos?. Como le dije, con el tiempo deje de extrañar a quienes comparten su camino conmigo y también dejé de sentir. No tiene sentido apegarse a todo aquello que, con el tiempo, queda atrás y desaparece.

El hombre que habla se queda callado un instante mientras contempla un horizonte imaginario, rememora quizás tanto camino andado. Seguramente esté recordando cómo se veía el paisaje un tiempo indeterminado hacia atrás. El hombre que escucha se extrañó de su silencio y tuerce su cabeza para contemplarlo aunque tal vez no solo lo contempla.

-El tiempo!!! Cómo podría importarme el tiempo, es mío, lo estiro a mi antojo, desde no recuerdo cuando. Parece extraño, pero no recuerdo desde cuando. Se preguntará: ¿Desde cuándo qué? Desde cuando el tiempo no pasa para mí, desde cuando no me pesa ni me atormenta. Realmente no lo recuerdo. Todo a mi alrededor sigue su curso, yo lo quise así, me lo propuse, dar todo y dejar todo. Así fue, nada a mi alrededor persiste tanto como yo, al principio fué doloroso ser abandonado siempre abandonandolo todo. Luego aprendí a no aferrarme a nada, solo veo transitar la existencia de todo lo que me rodea.

Una mariposa vuela delante suyo y desaparece entre unos arbustos.

-Un día!!!, solo un día. Toda una vida en un solo día. ¿Cuánta desesperación sentirá esa mariposa sabiendo que solo tiene un día? Si no tuvo opción de vivir todos los días, difícilmente entienda que un día es muy poco. Nunca volará más rápido solo porque su vida se desarrolle en un solo día. Yo tengo todos los días, acá, en la palma de mi mano, todos los días son míos y veo la desesperación de la gente que solo vive una vida que no es más que un puñadito de días, los veo correr, apurarse, terminar rápido, anticiparse; Es razonable, es solo una vida, usted entiende. 

-Seguramente usted se preguntará cómo fue que lo logré. Busqué incansablemente, cualquiera pensaría que vendí mi alma, sin embargo, solo se trató de hablar con la persona correcta usando las palabras precisas. Nunca se volverá a cruzar con ninguna otra persona que haya logrado este don. No debería saberlo nadie, solo sentí la necesidad de compartirlo, mejor me despido, mi tiempo no se agota pero el suyo sí. Espero sepa usted aprovechar su vida, al fin y al cabo es solo una y solo suya.

El hombre que lo escuchaba lo miró con absoluta compasión comprendiendo el sufrimiento que ese hombre no pudo callar, se marchó con una inclinación de su cabeza en un mínimo ademán de saludo, aunque tal vez no solo fue un saludo. El hombre que hablaba comenzó a envejecer.


Martín Raimondi - Taller del Mate



 

febrero 14, 2023

Memoria

 A recomendación del escritor, escuchar las canciones en el siguiente orden:

María Elena Walsh - Canción del Jacarandá
Charly García - Los dinosaurios
Trueno  - Tierra Zanta

La mente tiene una reserva de recuerdos, como un baúl bajo llave, hasta que algo o alguien logran que ese espacio  que guardamos con mucho cuidado, haga enternecer nuestra mente y aflore repleto de emociones; en este caso la canción de María Elena Walsh, que cantaba primero con mis hijas y al tiempo con mi nieta: El jacarandá.

 No puedo entender la paciencia de las madres de cinco o seis décadas atrás; arreglaban entre ellas para llevarnos  a la plaza de la  iglesia Inmaculada Concepción de  Belgrano, donde estaba repleta de jacarandas, y así como dice la letra…

El cielo en la vereda
Dibujando está
Con espuma y papel de seda
Del jacarandá…

Estaba cubierto el camino y jugábamos sintiéndonos importantes, caminando sobre las flores, haciéndonos coronitas y collares. Los recuerdos giran como un espiral de situaciones pasadas  por la escuela, los chicos.  Quizá, se pondrían  una escarapela de jacarandá. Con mucho orgullo lucíamos la escarapela, en los actos, después, una vez finalizado,  todos recibíamos un alfajor y nos llevaban nuestros padres a la plaza.  Y cuando  veíamos que se preparaba para llover, recitábamos la estrofa a medias…

La vieja está en la cueva

Pero pronto saldrá y se caerá sobre un colchón de jabón. Lo que más amaba del cole, era  el  centro del patio, había un árbol gigante que nos daba una hermosa sombra, jugábamos al pisa pie,  cantábamos las rondas… la paloma blanca sentada en un verde limón… Imposible olvidar tantas cosas guardadas en ese sector del baúl de los recuerdos. Todo va cambiando, todo evoluciona, y todo se va archivando. Siempre hay letras que traen diferentes sensaciones.

Pasó a Charly, otro genio increíble, se plantó y dijo eso que manteníamos en secreto, como…

Los que están en el aire pueden desaparecer en el aire
Los que están en la calle pueden desaparecer en la calle
Los amigos del barrio pueden desaparecer
Pero los dinosaurios van a desaparecer…

Un momento muy duro y doloroso, no había un  lugar seguro, cualquiera tuviese o no problemas,  podía ser detenido. Cada época tiene un espacio que marca situaciones vividas por muchos de nosotros. Hemos sido golpeados infinidad de veces, y eran dos o tres generaciones que decían lo que sentían y eran apoyados por todos  y también lacerados. Cada instancia de la vida es atravesada por situaciones no esperadas. Y  muy marcadas, sin excepción de olvido, nuestra generación fue violentada en sus derechos humanos, nadie podía quejarse, nos tenían amordazados por el miedo. Viene con un contexto  pesado de generaciones abandonados por gente sin escrupuloso que tomo nuestras vidas y se creyeron omnipotentes. Pero todo se convierte después de mucho tiempo en una ruina…

Y llegamos a este increíble momento donde estamos atravesados por variados problemas sociales,  como cataratas las palabras salen  de sus bocas, y en sus letras plasman todos  los problemas sociales a los que los arrastro como

Si preguntan quién soy, soy mi tierra
Curtida de gobierno', de estafa', de guerra'
Soy el hornero mostrando a la sala
La vida, la muerte, la pluma y la' bala'


Son como estrofas plagadas de un gran sentimiento y compromiso social, deberíamos dejarles un espacio libre de injusticias, el escucharlos nos demuestran que deberíamos haber peleado más por estas generaciones  y las que seguirán; quizá, aunque creamos que están en otro lado son muchos los que saben dónde deben ir…

Si preguntan quién soy (si preguntan quién soy)
Qué llevo, a dónde voy (qué llevo, a dónde voy)
Soy de tierra santa
Soy de donde nací (soy de donde nací)
Donde voy a morir (donde me voy a morir)
Mi tierra santa

Mis cicatrices, mi historia
Mi fama, mi gloria
Mi pena por panas desaparecidos
Memoria.


Liliana Taranto - Taller El Megáfono al Sol



febrero 10, 2023

Florecer

 Son las cuatro y media de la madrugada, el calor no me deja dormir, la ansiedad y los dolores tampoco, me acomodo con mi notebook en el jardín para trabajar al aire libre y sentirme un poco menos sofocada.

El trabajo tiene que estar terminado antes de las ocho y no puedo pensar, igual tengo que hacerlo, ya me comprometí con el resto del equipo que mi parte estaría completa para esa hora.

Desde hace unos días en mi cabeza solo retumba las palabras del médico y al instante, las borro de mi mente, leí por ahí que las palabras tienen poder, y yo lo creo así, que si hablo de la enfermedad que eventualmente me toca transitar por estos días como si fuera mía o si digo que estoy luchando contra ella, me enfermo más y la padezco peor.

No voy a adueñarme de lo que me toca vivir en este momento de mi vida, pensaré que está de paso, que viene a enseñarme alguna lección, que voy a sanar, sólo eso.

Nunca soporté el papel de víctima en nadie, mucho menos en mí. Si me tengo que poner un título, no sería precisamente ese, prefiero ser una bruja o maga o escritora, aunque este último lo sienta un poco grande, pero como dije antes las palabras tienen poder y a lo mejor, algún día, si me lo digo reiteradamente y sigo estudiando y preparándome, termine creyendo que me ajusto a su medida. No concibo que el resto de mi vida esté vacía de poesía.

Para hacer esta etapa más llevadera, elijo cambiar esas palabras del diagnóstico por algo que destile más belleza de las manchas de mi piel, prefiero pensar en una transformación, que ese marrón que comenzó tenue y se oscurece tan rápido como las tardes de invierno, no es “eso” que no quiero nombrar, es tierra, no estoy enfermando, me mimetizo con la naturaleza, que cada pequeña protuberancia que aparece, no es un lunar de feo aspecto, es un brote y cada cana anticipada en mi cabellera es el follaje que forma parte del cuadro. Elijo pensar que puedo transformar cada dolor que riegan mis lágrimas en una sonrisa para el recuerdo de los que me aman, que mi sangre es la savia de mis ancestros que me nutre y cura.

Mis brazos son las ramas antojadizas en seguir el vaivén del viento que produce mi emoción al sentarme frente al teclado y dejar caer como hojas sueltas mis emociones, mis pensamientos, mis dolores y mi rebeldía contra todo lo que ataca mi naturaleza, esa que permití en algún momento de mi vida que los demás maltrataran, y que también yo misma maltraté.

Mis piernas cada vez más  quietas, me están obligando a no poder trasladarme pero eso me da la oportunidad de usar esa energía en mantenerme erguida, de sentir mis plantas de los pies conectarse con este suelo que me da el soporte para seguir creciendo hacia mi profundidad, penetrando la tierra con mis dedos como raíces  pidiendo paso entre las piedras, los gusanos y la vida, creo que los árboles también sienten este mismo dolor que tengo al extenderme hacia el mismísimo centro del planeta, quizás este sea el motivo, para que tanto los árboles como yo, nos mantengamos en pie.

Tengo que terminar mi trabajo, ya casi es la hora, está amaneciendo y se escuchan los primeros pajaritos, también las chicharras anunciando otro día de calor, intento concentrarme, tomo un vaso de agua y comienzo a escribir.

Ya casi terminando el trabajo, una mariposa aparece y me rodea con su vuelo en espiral.

 La época de florecer está cerca.


Laura Martínez - Taller del Mate



febrero 07, 2023

La rambla

 Lavandina, detergente concentrado, esponjitas, trapo amarillo, rollo de cocina… tú me besabas y me decías siempre te amaré siempre serás mi amor, me encuentro solo sin un amor, me encuentro solo en la rambla estoy, ¿qué carajo es una rambla y por qué primero está en la rambla y luego bajo la rambla? Ay! No me puedo olvidar de comprar el repuesto de la mopa ya está demasiado gastada y le quedan pocos pelos, me encuentro solo todos tienen su amor, me encuentro solo ya no sé qué hacer, me encuentro solo solo, turururururururuuuuu. Pensaba que la rambla era un muelle, igual google dice que es varias cosas pero intuyo que a lo que se refiere es al paseo que bordea una costa de río, mar o lago, al parecer algo bien propio de Argentina y Uruguay, ¿no hay ramblas en otros lados? ¿solo nosotros tenemos ramblas? ¿y por qué luego está bajo la rambla? ¿se tiró…? ¿Qué más necesito comprar en el super?, ya anoté lo de limpieza ah! necesito jabón de lavar la ropa, siempre usé el Ariel, mismo nombre que mi ex… no podré encontrar jamás dos que se amen pues mi corazón mucho ha de sufrir, ¿compro el de siempre o pruebo alguno nuevo?, tú me recordarás que me querías, me juraste que de mí siempre serías… creo que ya es momento de cambiar de jabón. Me encuentro solo sin un amor, me encuentro solo bajo la rambla estoy… para mí se tiró de la rambla, la pena lo obligó, me encuentro solo todos tienen su amor, me encuentro solo ya no sé qué hacer, me encuentro solo solo…. Es que la soledad es muy difícil sobre todo por lo abstracta. A veces pienso en el ejercicio que hicimos en el taller, el de darle forma a las palabras y ese día me tocó describir la palabra problema y no hubo tal, pero soledad… no sabría de donde agarrarla, no imagino su forma ni su peso ni su textura, siento que es como una caja negra o peor, un agujero negro y en ese sentido yo también me tiraría de la rambla por desesperada, por loca y por sola, sumado al hecho empírico de que los vacíos me atraen, le llaman “l’appel du vide”, ¿vértigo o sabotaje? quien sabe… Me parece mejor comprar el Ariel menos variables para modificar y quizá menos soledad o no. Se habrá tirado de la rambla al grito de me encuentro solo ya no sé qué hacer, me encuentro solo soloooooooo, ¿lo habrá visto alguien? ¿lo habrán ayudado? ¿si yo me tiro, alguien se daría cuenta? ¿me ayudarían o simplemente sería un hecho más dentro de los relatos de noticias? Harina integral, harina leudante, avena instantánea, aceite neutro, azúcar negra, ah! y zanahorias, canela y esencia de vainilla tengo, así me preparo un bundicito para la merienda, esta vez voy a molerle unas semillitas de cardamomo, espero poder sentarme un rato a la tarde a seguir con la serie y tomar unos mates con cedrón y miel, voy a comprar queso crema y azúcar impalpable así le hago esa cubierta que le queda como anillo al dedo a la “carrot cake”, me encuentro sola bajo la rambla estoy, me encuentro sola todos tienen su amor, me encuentro sola ya no sé qué hacer, me encuentro sola sola…


Laura Fracca - Taller El Megáfono al Sol



febrero 03, 2023

El vagabundo

Las gotas de sudor le recorrían el cuerpo, el frío que cada tanto subía por su espalda no la dejaba pensar. Continuó unos pasos más y apoyó la mano sobre la pared, haciendo una pausa para recuperar el aliento. Sucia. La sentía sucia. ¿La pared o la mano? ¿Tal vez ambas?

Se miró la palma, le habían quedado restos de polvo y hollín que se habían acumulado en la pared granulada. También tenía las marcas, la piel rosada y los puntitos irregulares que se quedarían ahí por un rato. Sin embargo, las otras marcas, las que no se veían, se quedarían para siempre.

Se le revolvió el estómago y quiso vomitar, pero no pudo. No tenía nada dentro. Ya lo había expulsado antes, en los instantes posteriores a lo que había sucedido esa noche, cuando hablaron. No tenía idea de la hora, pero seguro ya era entrada la madrugada. Inspiró, trató de erguirse y seguir avanzando. Los recuerdos la golpeaban, la asfixiaban, en varios momentos pensó: “¿para qué seguir?”. Pero sabía que de cualquier manera, no iba a poder huir.

Sintió el impulso de correr y lo aprovechó. No sabía si así se escapaba o se acercaba, aunque necesitaba ese movimiento. Pudo liberar el grito en una esquina medio oscura y desolada, donde había solo locales comerciales cerrados.

¡Ey! ¡Dejá dormir! una voz masculina y rasposa la sobresaltó, no había notado a nadie.

Perdón respondió con lo que le quedaba de voz y tras un sollozo, cruzó la calle.

¿Estás llorando? se interesó el hombre.

Ella dudó. Giró la cabeza buscando al sujeto de donde provenía la voz y lo encontró en la entrada de un supermercado chino que estaba hacia adentro y dejaba un espacio resguardado.

La mujer se quedó observando al hombre barbudo, sucio y desprolijo. Con lo poco que lo iluminaba la luz, vio su pelo largo y lo imaginó enredado. Estaba segura de que en otro momento le hubiese dado un poco de asco siquiera mirarlo, pero esa noche estaba más allá de todo.

Dio pasos lentos en dirección al sujeto que seguía tirado en el colchón lleno de tierra, papeles sucios y probablemente hasta… sí, hasta pis. No había querido pensarlo pero el olor no le dejó otro remedio. Sus zapatos negros brillosos se detuvieron a diez centímetros de la opaca escena.

Los ojos de la mujer se encontraron con los del extraño y sostuvieron la mirada durante unos segundos que para ella resultaron bastante largos. Durante ese tiempo pensó en qué estaba haciendo ahí, por qué no estaba escapando hacia ningún lugar.

¿Estás llorando? repitió el vagabundo.

Algo así dijo ella, observándolo desde arriba.

¿Te puedo ayudar?

La mujer se quedó extrañada y arrugó el entrecejo.

¿Cómo podrías hacerlo?

¿Qué pasó?

Algo terrible que no tiene arreglo.

¿Y eso es…?

Si te lo cuento… dudó. Bueno, en realidad ya se fue todo a la mierda, nada peor podría pasar.

Entonces contame, liberate.

Condené a la humanidad.

El hombre lanzó una carcajada y se ahogó con los mocos que tenía en la garganta. Tosió unos instantes mientras ella lo miraba sin hacer ninguna mueca.

Bueno, dale, ¿qué es eso que te tiene así? le volvió a preguntar, incrédulo.

Lo que te estoy diciendo. El planeta va a desaparecer y es por mi culpa.

A ver… y ¿por qué?

Porque hice un pacto con el diablo, y no cumplí mi parte.

El hombre carraspeó para disimular la risa.

Se supone que el loquito siempre soy yo.

No estoy loca. Es cierto, en horas, a las 6 de la mañana, todo va a empezar a prenderse fuego.

¿No tendrías que estar con tu familia, aprovechar los últimos instantes?

Me da vergüenza verlos. Por ellos hice el pacto. Los salvé una vez pero ahora los condené a todos.

El hombre se removió y giró hacia su izquierda. agarró un viejo reloj de pulsera y lo ubicó de manera que le diera algo de luz.

Son las 5.07. No nos queda mucho tiempo, parece.

La mujer suspiró.

Si no vas a volver a tu casa, te podés sentar conmigo, al menos no vas a estar sola cuando te quemes.

Ella se agachó y se sentó en el suelo, abrazando sus rodillas, con la mirada hacia la calle.

El tipo carraspeó otra vez.

¿Qué tenías que hacer?

Salvé la vida de mis padres y mis dos hermanas cuando tuvimos un grave accidente de auto a mis 15 años. Me dio 10 años para entregar otra vida a cambio.

Ah…

Ella volvió su mirada al vagabundo, que también la observaba.


Karina Zangaro - Taller del Mate