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mayo 02, 2022

Quizás, un día, una revolución

 

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Me despertó un dolor intenso en todo el cuerpo. En ese estado indefinido entre la vigilia y la inconsciencia mi primer sentimiento fue de alivio: estaba vivo.

Inmediatamente después, me sumí en un estado de alerta que me impuso quietud absoluta. No intenté moverme, en parte, por miedo a que se repita la pesadilla que había vivido durante la noche, pero además, no quería enfrentar aún las consecuencias físicas de la golpiza que había recibido, no había dudas de que había sido feroz y de que me dejaron en paz sólo porque me creyeron muerto.

Imágenes confusas, bocetos de recuerdos, empezaron a entrelazarse en mi mente, mientras yo intentaba recobrar la lucidez.

Sentí nostalgia del hogar, el refugio humilde en el que estaba a salvo, la familia numerosa, las comidas compartidas. Del apoyo mutuo para afrontar el desprecio de los prejuicios, por nuestros rasgos y nuestra condición de eternos nómadas.

También sentí rabia, por verme obligado a llevar una vida en la que era blanco continuo de la violencia, en la cual tenía que hacer uso de toda mi astucia para sobrevivir un día más.
Sabía que había sido un necio, que había desoído la regla principal: pasar desapercibido, circular entre las sombras, intentar no hacer ruido, buscar lo que tenía que buscar y luego correr, desaparecer, volver a la oscuridad a la cual pertenecía.

Fue un error meterme con esa gente. Me engañaron con su aspecto pusilánime, aletargados como estaban, ingiriendo una cena grasosa en un verano implacable al que hacían frente con un ventilador de pie que giraba en sus últimos estertores.

Mi hambre pudo más que mi instinto. Estaba harto de comer sobras de la basura. Cansado de la lucha diaria, de existir en los márgenes del mundo.

Sin medir el peligro, entré a la casa por la ventana, trepé por la pared hacia el techo, caminé ágilmente por una de las vigas y me dejé caer sobre el centro de la mesa, iluminada de forma cenital por la única lámpara de la habitación, como un actor que irrumpe de pronto en la escena de una obra dominical de cotidianeidad conurbana.

No tuve en cuenta el resoplido del ventilador, que, agónico y todo, fue suficiente para desviar mi aterrizaje planificado entre los mignoncitos de la panera, ni el hecho de que ambos comensales calzaban ojotas.

Me vieron al instante y arremetieron contra mí, descargando a discreción los golpes de chancleta, uno y otro, hasta que ya no me moví.

Supongo que me salvé porque las suelas, amorfas, estaban muy gastadas y el mantel era mullido.

Deduzco, además, que, en la prisa por seguir comiendo, alguno de los dos hombres, con el estilo de un golfista profesional, me golpeó con su ojota para lanzarme desde la mesa hasta el lugar en el que me encuentro ahora, que, si no me equivoco, es un recoveco mugriento entre la heladera y el bajo mesada

Una, dos, tres…cuatro, cinco, seis…todas mis patas están bien. Mejor me despabilo y me apuro, tengo que aprovechar ahora, que seguramente los humanos aún duermen, para volver a la cloaca. Si anoche tuvieron mejor suerte que yo, mi mamá y mis cuatrocientos treinta y ocho hermanos ya deben estar preocupados, preguntándose por mí.


Gisela Cairo - Taller del Mate



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