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agosto 22, 2022

Herencia

    
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    Desconcentrado, distraído. Sin ninguna capacidad de seguir escribiendo, no tuve más remedio que mirar inútilmente alrededor del escritorio en el intento de escapar del vano esfuerzo por concentrarme en el tema que me debería ocupar.
    En el primer recorrido de vista, repasé mecánicamente lo que me rodeaba, vi las cosas que habitualmente el apuro, la preocupación por las tareas pendientes o la concentración en otros problemas, dejan inadvertidas hasta invisibilizarlas.
    Allí estaban, como estuvieron desde hace mucho, la estatua de la Virgen, esa misma que pasó muchos años en el nicho que, a modo de pequeña gruta, tenía una de las columnas de soporte de la galería de la casa de mi infancia; a su lado, en el mismo estante vi fotos de mis padres, mi esposa y mi hija. También un cubilete y los dados con los que jugaban en aquella casa, no recuerdo cómo vino a parar a este estante al lado de la impresora. También identifiqué una lapicera que era de mi madre en el montón de lápices, marcadores, gomas de borrar y biromes, todo desordenadamente repartidos en tres portalápices.
    Esos objetos inmediatamente dispararon recuerdos. Tuve la extraña necesidad de tocarlos, sentirlos, sopesarlos, mirarlos en detalle. Indagar sus formas, colores, dureza, consistencia, como si intentara analizar su morfología y su composición. La física palpable en ellos, rápidamente, me llevó a viejas vivencias y recuerdos. Cuando volví, luego de un disfrutado y nostálgico viaje, me detuve en la naturaleza meta corpórea de esos objetos. La estatua de la Virgen, la lapicera y los dados, son representaciones materiales de cosas más profundas. La Fe siempre se expresa incompleta, si acaso pudiera, con una imagen de yeso. Los pensamientos, las ideas, los deseos y los sentimientos buscan salir, generalmente sin suerte, en pobres palabras de la intrascendente lapicera; tanto como el azar y el destino incierto salen del cubilete en las caprichosas combinaciones de los dados. ¿Serán estos perpetuos meta-mensajes los que forman parte de la verdadera herencia o simplemente aquellos superficiales objetos?
    Me sonó inapelable la vieja frase: “Lo que diferencia al hombre del animal, es que el hombre es un heredero y no un mero descendiente”
    Quedé anclado en este pensamiento un buen rato, hasta que me paré para buscar un café. 
    Esta vez la mirada se detuvo en el espejo, que me sorprendió por novedoso. Los dos días que lleva en esa pared no fueron suficientes para que pase inadvertido. Ahí lo vi. En él me vi. Otra vez me fui al pasado y busqué la herencia que soy.

Oscar Cesareo - Taller de la Luna



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