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enero 31, 2023

Noches eternas

Yo era un ángel. Uno de los mejores ángeles que podían haber. Pero un día, cometí un error, y me desterraron del cielo. Me enamoré de una mortal, a la que se suponía debía de cuidar.

            Me verás caer.

            El viento soplaba en mi espalda, de una forma tan fuerte y brusca, que me hacía mecer en el aire. Mis alas, antes blancas como la nieve, me impedían ver. Sentía como mi cuerpo era arrojado al vacío.

            Me verás caer, como un ave de presa.

            Hasta que, de la nada, mi cuerpo impacta con algo firme a mis espaldas. Concreto. Perdí el conocimiento por un tiempo, debido al fuerte golpe.

            Abrí los ojos. Lo primero que vi, fue el cielo. El cielo celeste del paraíso al que estaba acostumbrado, se había transformado en una capa espesa de nubes grises permanentes. Sin rastros del sol ni la luna. Me senté, estaba en una terraza.

            Me verás caer, sobre terrazas desiertas.

            Ya la conocía. Había sido Ángel Guardián de esta chica durante el tiempo suficiente como para saber que estaba en el techo de su casa. Me levanté. Todavía era de noche.

            Me refugiaré, antes que todos despierten.

            Miré mis alas. Estaban tornando un color gris claro. Supuse que era mugre, pero estaban cambiando de color.

            Volé hacia la ventana de mi amada. Toqué suavemente el cristal con mis dedos divinos. Y minutos después, apareció. Con su pelo castaño, largo, enmarañado. Su pijama blanco con sus tiritas negras de la delicada tela del encaje. Sus pequeños pies descalzos. Tan hermosa. Tan mía.

            Abrió la ventana despacio, tratando de no hacer ruido. No era la primera vez que teníamos un encuentro como éste. Por alguna razón, ella siempre fue capaz de verme. Generalmente, los elegidos por los ángeles guardianes, nunca pueden verlos. Pero lo nuestro fue diferente. Hubo una conexión especial desde el primer momento en que la vi, y supe que debía protegerla, pero no solo porque era mi labor, porque la quería.

            Me dejarás dormir al amanecer, entre tus piernas, entre tus piernas.

            Yo le expliqué lo que era. Las personas que, por alguna casualidad en el mundo, llegan a ver a un ángel, suelen asustarse. Pero a ella le causaba intriga mi ser. Acaricia mis alas cada vez que puede, y enrosca entre sus dedos mis plumas celestiales.

            Comprendió desde el primer minuto cual es mi labor, y el porqué cada vez que me encontraba con ella, debía ser a escondidas. Por eso elegimos la noche, donde es menos propenso a cruzarse un ángel merodeando la zona.

            Sabrás ocultarme bien y desaparecer, entre la niebla, entre la niebla.

            Pero un día, fuimos descubiertos. Mi castigo, además de ser desterrado del cielo, fue ser débil ante la presencia del sol. Vivo condenado a pasar noches eternas.

            Con la luz del sol, se derriten mis alas.

            Poco a poco, mi plumaje divino pasó de ser de color blanco a color negro. A ella le encanta, pero yo sigo sin acostumbrarme.

            Durante el día, me escondo bajo el techo de mi amada. Durante la noche, salgo a volar. Es una de las cosas que más me gustan, sentir el viento en mi rostro, la sensación de mis plumas despeinándose durante el vuelo, observar la ciudad iluminada por la luz artificial que emanan los edificios y hogares.

            Me verás volar, por la Ciudad de la Furia.


Guadalupe Blanco - Taller El Megáfono al Sol



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