El Taller de la Luna se rearmó, bienvenidas todas estas mujeres que se animaron a encontrarse con la escritura 💖
marzo 06, 2023
¡Volvimos!
El Taller de la Luna se rearmó, bienvenidas todas estas mujeres que se animaron a encontrarse con la escritura 💖
marzo 03, 2023
Aquellos ojos negros
Corría el año 1985 y en el pueblo hacía un calor de mil demonios. Parecía el infierno en la tierra. Susana que se había tomado una semana de vacaciones luego de cinco años de arduo trabajo, caminaba conociendo aquel pueblito olvidado por el progreso. Cuando el sol se colocó en lo alto y no había donde escapar, se refugió en la iglesia del pueblo, y aunque no era católica practicante, el edificio le pareció pintoresco y aprovecho a sacar una foto con su cámara nueva.
Cuando la máquina comenzó a retroceder la
película, en señal de que ya no había más para sacar, Susana se sentó frente al
altar y se apuró a callarla ya que hacía el único ruido que se escuchaba en el
lugar y retumbaba en los altos arcos de la capilla.
Cuando solucionó su problema técnico, todo
volvió a quedar en silencio, miró el altar y al cristo crucificado delante de
ella. Sus ojos parecían traspasarla y ella se sintió incómoda, como si esa
figura supiera lo que había hecho. No podía mirar más la imagen de aquel Cristo
acusador. No sin antes pedir perdón.
Como si el destino le dijera que ya era tiempo
de soltar ese peso que llevaba dentro, escuchó como se abría una puerta detrás
del altar y aparecía con paso lento un sacerdote que aparentaba tener todos los
años de la humanidad.
El anciano la miró con intriga, el conocía a
todos en el pueblo y a ella era la primera vez que la veía. Rodeó los bancos y
se instaló en el confesionario. ¿Que podría hacer un alma solitaria en la
iglesia en un día como ese, si no era ir a confesarse?
Susana se quedó un rato sentada. No rezaba,
hacía años que había dejado de ser creyente, aunque estaba bautizada y la
habían hecho tomar la comunión y la confirmación. Cosas de su madre que no se
perdía un domingo de misa. Con los años Susana se fue alejando de la religión
ya que no entendía muchas cosas que la hicieron dudar de la fe que toda su
familia practicaba. Solo entraba a las iglesias porque le gustaba su
arquitectura. Así como se alejó de la religión se alejó de su familia que no aceptaba
que no fuera tan devota como estaban acostumbrados. Nadie sabía que pasaba por
su mente y su corazón y aun así la respuesta más fácil de la familia fue
catalogarla como la oveja negra. Y así se fue alejando, sin pena ni gloria.
Luego de un rato y al ver que el cura no
abandonaba su lugar. Se acercó al confesionario y le pidió permiso para entrar
y confesarse. Era hora ya, y este era el lugar perfecto ya que al día siguiente
viajaría de nuevo a su casa, seguiría con su vida y nunca más volvería por ese
pueblo.
-Perdóneme Padre, porque he pecado – Eran las
palabras que había aprendido de niña cuando iba a catecismo y al pronunciarlas
ya no se sintió como esa nena que inventaba pecados para tener algo que decirle
al padre. Esta vez, las palabras pesaban en su boca.
No le dijo – hice tal cosa. No, comenzó
contándole desde que era niña como un resumen de su vida, como era su familia,
como había sido educada, cuanto hacía que se había casado, que no tenía hijos, y
así, como queriendo postergar lo inevitable. Bien podría haberse levantado e
irse. Pero más allá del miedo había decidido confesar.
Me casé en 1975 – Comentó – Le aclaro que yo
amo a mi marido. Bueno, por razones de trabajo tuve que viajar a Córdoba hace
cinco años, y cerca de donde me hospedaba había un seminario, por lo cual la
calle estaba repleta de seminaristas que iban y venían. No sé cómo ni porque me
choque con uno de esos muchachos. Joven, de ojos negros de los que quedé
prendada. Nos pedimos disculpas y nos pusimos a conversar. Una cosa llevo a la
otra y a otra … y esa noche la pasé con él en un cuarto de hotel. ¡Nunca más lo
volví a ver! ¡Le fui infiel a mi marido
y a Dios! – y rompió en un llanto ahogado, su cara se puso roja, no quería
llorar, pero no podía evitarlo. No le salían más palabras era como si se
hubiera vaciado y no quedara nada por decir.
Tantos años de silencio y pena, Susana muy
dentro de ella, no sabía si lloraba por su infidelidad o porque nunca más
volvió a ver a su seminarista de los ojos negros.
Rita Lugones - Taller de la Luna
febrero 28, 2023
Las doce
Sabía que su falta de orden y disciplina le complicaría la nueva convivencia. La restricción de salidas, más la imposibilidad de ir a bares y a otros lugares que tanto había frecuentado, ya no le preocupaban. Desde hacía unos meses pasaba parte del día en la silla de ruedas. Aunque trató de conocer más detalles de ese lugar, seguía teniendo poca información. Así, sin muchas certezas, se resignó a aceptar su nueva realidad. La imaginó tediosa y monótona; tal vez, alterada con alguna que otra visita de Juanito.
La última vez que se habían
visto, solo hablaron de música. Desde que a Juanito se le había dado por
estudiar batería Eusebio se había convertido en su oyente privilegiado. No le
importaba saber si era el afecto de nieto o la posibilidad de tocar sin límite
lo que motivaba al pibe a visitarlo tres veces por semana. Consciente de que
los parches y los platillos molestan menos en la casa del abuelo, había
mantenido un silencio conveniente para aliviar su soledad.
Ahora Eusebio miraba el jardín de
atrás de un vidrio. Algún soplo de brisa, que caprichoso se metía entre los
paredones que le impedían las tardes de sol, cada tanto despabilaba las plantas
y le daba vida a esa foto. Él tenía muy presente el momento en que había
ingresado al geriátrico. Aquella vez, después de los saludos de ocasión, que
sólo algunos respondieron con cierta lucidez, se detuvo frente a esa misma
ventana repasando sus días felices.
Al comienzo del verano en que
Juanito se fue a tocar a la costa, se quedó sin argumentos para seguir viviendo
en su casa.
–Esta nueva vida requiere orden
–le dijo el enfermero al recibirlo.
Orden cerrado, pensó Eusebio
recordando la colimba durante la primera siesta. Desayunar a las ocho, esperar
hasta el almuerzo, después la siesta, merienda, tiempo libre, cena, otra vez
tiempo libre y a dormir.
El eufemismo tiempo libre
incluye, medicación, ducha y, en su caso, ejercicios de rehabilitación,
escuchar un poco de música, lectura de lo que haya a mano;
y soportar la bobadas de las
chicas y el enfermero. Sólo cuando hablaba con el proveedor de verduras se
divertía un poco. –“Ese pibe es un atorrante lindo…, hablamos de fútbol, nos
contamos chistes y nos cagamos de risa. Me conecta con lo que pasa allá afuera,
¡no como estos bobos que tienen menos calle que Venecia!” –le dijo a Juanito la
única vez que fue a visitarlo. Ese día no lo había reconocido. Nunca lo había
visto con barba y el pelo tan largo, pero después de mirarlo atentamente, el
tatuaje no le dejó dudas.
A los quince días de convivencia
conocía todos los movimientos del Hogar. Sostenía que llamaban Hogar a ese
infierno tratando de endulzar la honda amargura que debía soportar.
La sagacidad de Eusebio le
permitió conocer los hábitos y costumbres de todos sus compañeros, los conocía
hasta sus mínimos detalles. Notó que María tomaba un antidepresivo después de
cada comida. Llevaba las pastillas a la mesa y las apoyaba al costado del
plato. Las tomaba con el último sorbo de agua al terminar de comer. Eusebio se
acomodaba al lado de María y, disimuladamente, le cambiaba los ansiolíticos por
unas aspirinas que conseguía simulando jaquecas. Esas pastillas le ayudaban a
soportar la soledad. Asi comenzó a vivir días de paz y hasta algunos de placer.
En una siesta disfrutó del mar. Acarició las olas entre acordes que se
mezclaban con la voz de Spinetta. Aquella tarde perdió la noción del tiempo
hasta que el enfermero lo zamarreó para levantarlo.
Estas vivencias se hicieron cada
vez más frecuentes. Su único límite con las pastillas era no dejar indefensa a
María. La solidaridad le duró unas pocas semanas.
Cuando se llevaron a María,
Eusebio tenía pastillas para muchas siestas. Ya no le interesaba relacionarse
con nadie, ni siquiera con los que estaban en condiciones de tener una
conversación con mínima coherencia. Esto no le molestaba, al contrario; lo
liberaba de cumplidos insoportables.
Sin María, las comidas fueron
perdiendo interés, lo que pronto se le notó en el color de la cara y en los
sobrantes del pantalón.
El día que escuchó a Juanito en
la radio, se dio cuenta inmediatamente quién era el que tocaba ese ritmo.
Cuando terminó de sonar la batería apagó la radio y buscó las pastillas de
María. Contó doce. Lo recordó a Juanito hablándole de bases rítmicas y cuando
le explicaba detalladamente las estructuras de blues. Buscó más, pero no
encontró. Solo doce. Las tragó de un solo envión de puño antes de que entrara
el enfermero. Después lo saludó, le recibió el paquete con la ropa limpia y se
fue al baño.
Cuando se sumergió en la bañera,
lo hizo al ritmo de Juanito.
Oscar Cesareo - Taller del Mate
febrero 24, 2023
La historia
Usted no dice nada, claro. No me va a preguntar. Pero le llama la atención. Uno no llega a un hotel y dice ¡No sabe lo que me pasó! Tampoco puedo confesarle que debí haber seguido la recomendación de mi esposa, de ponerme un jean pero no, quise viajar con el pantalón de lino blanco.
Yo tampoco
puedo contarle que faltaban solo dieciocho kilómetros. Pensé que llegaba, me
confié. Hasta que, amenazante el aviso, fue un palpitar interior que me hizo
sentir que el tiempo estaba corriendo. Las manos se transformaron en garfios
prendidos al volante. Los ojos hurgaban los costados de la ruta donde un verdor
indiferente había succionado los colores borrando los rojos. Afuera todo era
una penumbra que acechaba.
Mi único
pensamiento era: “Debo llegar a tiempo”. Negro y aciago, el horizonte continuaba
negándome el mínimo titilar de una lámpara, una marca, una señal. El camino por
momentos se volvía confuso. Mi mirada se secaba buscando entre las sombras, el
signo de una morada. Mi moral había comenzado a desplomarse. Entonces establecí
una realidad paralela para entretener al enemigo.
Descubrí que
pronunciar en voz alta el nombre de los parajes que superábamos borraba por un
momento la acechanza, fui nombrando en voz alta cada una de las señales de
tránsito que veía. Pero fue vana la ilusión de distraerlo. Desde mi interior el
gruñido se fue profundizando hasta mutar, en un amargor en mi boca me iba
marcando el frágil y delgado límite que estaba atravesando.
Espié el
blando horizonte en un estado de desesperación constante hasta que finalmente
descubrí aquella luz, aquella ostra enmarcada en rojo, que era el objeto de mis
ruegos. El enemigo, sin yo saberlo, preparaba desde lo más hondo un ataque.
Bombardeaba mi voluntad haciéndome temer
lo peor.
La luz
sospechada ya era real. Faltaban pocos metros. Puse la luz de giro y el auto se
detuvo, no quise distraer fuerzas frenando, sólo levanté los pies del
acelerador y logré arrastrarme hasta el exterior. El menor paso en falso podía
barrer con este duro triunfo ya casi obtenido. Pálido bajé del auto y el aire
limpio y frío me dio por un momento una sensación muy cercana al éxito. Sentí
el pelo pegado sobre mi cara bañada de sudor.
Lo que había sido una tarde tibia, era en ese momento una noche fría, respiré,
buscando alivio pero el aire olía a líquidos inflamables. Seguí las señales. Crucé
el espacio abierto. El camino era de piedra blanca partida y brillaba con el
sol de los reflectores. Pisé con cuidado, no podía correr, pero el tiempo me
jugaba en contra
Llegué a la
puerta, metálica ya húmeda por el rocío que ya había caído. Giré el picaporte
dorado y todos mis pensamientos se centraron en ese girar del bronce. En el
abrir, que no ocurrió. Con desesperación comencé a zarandearla pero no cedió,
no responde. La puerta seguía cerrada, inhospitalaria.
El empleado,
envuelto en su traje rojo y amarillo, me observaba desde los surtidores. Me di
cuenta ahí mismo que todo estaba perdido. Las últimas fuerzas que me quedaban
me sirvieron para escuchar lejana, su voz
—¡La llave
Maestro! — Y levantando la mano, me la mostró.
El enemigo llegó
primero que su imagen, produjo un sudor frío que bajó desde mi frente hasta mi
estómago. Me entregué, debí reconocer su victoria. En un último esfuerzo traté desesperadamente
de evitarlo, pero no lo logré. Cerré los ojos y pensé: “Por qué no me puse el
jean en vez de este pantalón de lino blanco”.
Y ésta es
entonces, la historia de esta mancha.
Mónica González - Invitada Especial
febrero 21, 2023
Pueblo chico
Graciela comenzó a ir al grupo de Narcóticos anónimos de la ciudad de Chivilcoy enseguida que se mudó allí. En enero cumpliría un año.
Eran muchos los
integrantes del grupo, por eso se dividían en subgrupos más pequeños. Tenían un
sistema de ayuda anónima que consistía en que ,una vez al mes cada uno escribía
una carta en la que comentaba los motivos que los llevaron a tomar el camino de
las drogas.
El coordinador
colocaba un número en un sobre cerrado. Cada participante agarraba un sobre y
ese sería su número por ese mes. En la reunión siguiente, cada uno ponía su
carta en otro sobre con el número afuera. Otro integrante leía esa carta y la
contestaba. Devolvía su respuesta con el número afuera también,y cada quien se
llevaba la carta correspondiente. Al mismo tiempo que respondía a esa especie
de compañero invisible.
La carta de
Graciela decía lo que sigue:
"Querido
compañero invisible, hace veinte años que consumo pastillas para dormir, para
despertarme,para mantenerme en pie y para soportar el peso de esta vida que
llevo.
En el tiempo que
tengo en narcóticos sólo tuve una recaída y estoy muy agradecida al grupo por
la ayuda que recibo.
Mi historia es
una más, pero como es la mía, para mí es la peor.
A los trece años
comencé a usar cocaína. Todo el tiempo estaba aspirando. Dejé los estudios. No
conseguía ningún trabajo que me dure. Para poder seguir en la mía, tuve que
prostituirme. Por un poco de guita me dejaba coger por cualquier viejo
asqueroso.
A los dieciocho
quedé embarazada. No tenía idea de quién era el padre. Tampoco me interesaba
saberlo, ni tener a mi cargo a alguien que dependa de mí. A pesar de ser
drogadicta, nunca me hice ningún tatuaje. Porque los tatuajes son como los
hijos, para siempre.
Cuando nació mi
hija, le di la teta una vez y la dejé en la puerta de la iglesia del pueblo.
Pasé un año
igual, drogada todo el día.
Un día me di
cuenta de que así no podía seguir y pedí ayuda. Estuve sobria un tiempo y
conseguí trabajo. Pero la sensación de culpa no me dejaba en paz y volví a las
drogas. Está vez, legales, pero igual de dañinas para cualquiera.
Si pudiera volver
atrás no sé que haría. Todos dicen que no harían lo mismo. Yo no lo sé. Lo que
sí sé es que me gustaría, aunque sea, volver a ver a mi hija una vez. O saber
de su vida".
El martes
siguiente, Graciela colocó su sobre en la mesa al igual que todos. Participó de
la reunión, colaboró haciendo el café y
repartiendo galletitas. Luego de la oración final tomó un sobre y volvió a su
casa. Lo abrió y en él decía así:
"Querido
compañero invisible, consumo cocaína desde los trece años. Dejé la escuela, soy
prostituta para poder snifar todo el tiempo. Quedé embarazada y no sé quién es
el padre ni me importa. Sólo sé que no puedo tener a nadie a mi cargo.
Comencé a
drogarme cuando me enteré de que mis viejos no eran mis viejos. Ellos me
encontraron en la puerta de una iglesia y me llevaron a su casa. Me salvaron la
vida, pero yo no pude entender quién podía ser tan hija de puta como para
abandonar un hijo y ahí comencé a consumir. Ahora la hija de puta soy yo,
porque dejé a mi hija en la puerta de un hospital. Los hijos son como los
tatuajes, por eso nunca me tatué".
Mary Brucculeri - Taller de la Luna



