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marzo 06, 2023

¡Volvimos!


 Marzo es sinónimo de chau vacaciones. No nos afecta, porque también es un ¡volver a los talleres! Aunque el Mate y el Megáfono se sacudieron la modorra en febrero, la Luna volvió a brillar en marzo. Ahora sí estamos todos. Nos espera un año de mucha escritura y quién sabe cuántas sorpresas más nos preparará Marcela. Estamos con mucha felicidad por habernos reencontrado y por tener siempre un motivo para seguir escribiendo.


Taller del Mate
Jueves de 09:00 a 11:00, vía Skype



Taller de la Luna
Jueves de 18:00 a 20:00, vía Skype


El Taller de la Luna se rearmó, bienvenidas todas estas mujeres que se animaron a encontrarse con la escritura 💖


Taller del Megáfono al Sol
Sábados de 10:00 a 12:00, presencial



Que tengamos un gran año.


marzo 03, 2023

Aquellos ojos negros

 Corría el año 1985 y en el pueblo hacía un calor de mil demonios. Parecía el infierno en la tierra. Susana que se había tomado una semana de vacaciones luego de cinco años de arduo trabajo, caminaba conociendo aquel pueblito olvidado por el progreso. Cuando el sol se colocó en lo alto y no había donde escapar, se refugió en la iglesia del pueblo, y aunque no era católica practicante, el edificio le pareció pintoresco y aprovecho a sacar una foto con su cámara nueva.

Cuando la máquina comenzó a retroceder la película, en señal de que ya no había más para sacar, Susana se sentó frente al altar y se apuró a callarla ya que hacía el único ruido que se escuchaba en el lugar y retumbaba en los altos arcos de la capilla.

Cuando solucionó su problema técnico, todo volvió a quedar en silencio, miró el altar y al cristo crucificado delante de ella. Sus ojos parecían traspasarla y ella se sintió incómoda, como si esa figura supiera lo que había hecho. No podía mirar más la imagen de aquel Cristo acusador. No sin antes pedir perdón.

Como si el destino le dijera que ya era tiempo de soltar ese peso que llevaba dentro, escuchó como se abría una puerta detrás del altar y aparecía con paso lento un sacerdote que aparentaba tener todos los años de la humanidad.

El anciano la miró con intriga, el conocía a todos en el pueblo y a ella era la primera vez que la veía. Rodeó los bancos y se instaló en el confesionario. ¿Que podría hacer un alma solitaria en la iglesia en un día como ese, si no era ir a confesarse?

Susana se quedó un rato sentada. No rezaba, hacía años que había dejado de ser creyente, aunque estaba bautizada y la habían hecho tomar la comunión y la confirmación. Cosas de su madre que no se perdía un domingo de misa. Con los años Susana se fue alejando de la religión ya que no entendía muchas cosas que la hicieron dudar de la fe que toda su familia practicaba. Solo entraba a las iglesias porque le gustaba su arquitectura. Así como se alejó de la religión se alejó de su familia que no aceptaba que no fuera tan devota como estaban acostumbrados. Nadie sabía que pasaba por su mente y su corazón y aun así la respuesta más fácil de la familia fue catalogarla como la oveja negra. Y así se fue alejando, sin pena ni gloria.

Luego de un rato y al ver que el cura no abandonaba su lugar. Se acercó al confesionario y le pidió permiso para entrar y confesarse. Era hora ya, y este era el lugar perfecto ya que al día siguiente viajaría de nuevo a su casa, seguiría con su vida y nunca más volvería por ese pueblo.

-Perdóneme Padre, porque he pecado – Eran las palabras que había aprendido de niña cuando iba a catecismo y al pronunciarlas ya no se sintió como esa nena que inventaba pecados para tener algo que decirle al padre. Esta vez, las palabras pesaban en su boca.

No le dijo – hice tal cosa. No, comenzó contándole desde que era niña como un resumen de su vida, como era su familia, como había sido educada, cuanto hacía que se había casado, que no tenía hijos, y así, como queriendo postergar lo inevitable. Bien podría haberse levantado e irse. Pero más allá del miedo había decidido confesar.

Me casé en 1975 – Comentó – Le aclaro que yo amo a mi marido. Bueno, por razones de trabajo tuve que viajar a Córdoba hace cinco años, y cerca de donde me hospedaba había un seminario, por lo cual la calle estaba repleta de seminaristas que iban y venían. No sé cómo ni porque me choque con uno de esos muchachos. Joven, de ojos negros de los que quedé prendada. Nos pedimos disculpas y nos pusimos a conversar. Una cosa llevo a la otra y a otra … y esa noche la pasé con él en un cuarto de hotel. ¡Nunca más lo volví a ver!  ¡Le fui infiel a mi marido y a Dios! – y rompió en un llanto ahogado, su cara se puso roja, no quería llorar, pero no podía evitarlo. No le salían más palabras era como si se hubiera vaciado y no quedara nada por decir.

Tantos años de silencio y pena, Susana muy dentro de ella, no sabía si lloraba por su infidelidad o porque nunca más volvió a ver a su seminarista de los ojos negros.


Rita Lugones - Taller de la Luna



febrero 28, 2023

Las doce

Sabía que su falta de orden y disciplina le complicaría la nueva convivencia. La restricción de salidas, más la imposibilidad de ir a bares y a otros lugares que tanto había frecuentado, ya no le preocupaban. Desde hacía unos meses pasaba parte del día en la silla de ruedas. Aunque trató de conocer más detalles de ese lugar, seguía teniendo poca información. Así, sin muchas certezas, se resignó a aceptar su nueva realidad. La imaginó tediosa y monótona; tal vez, alterada con alguna que otra visita de Juanito.

La última vez que se habían visto, solo hablaron de música. Desde que a Juanito se le había dado por estudiar batería Eusebio se había convertido en su oyente privilegiado. No le importaba saber si era el afecto de nieto o la posibilidad de tocar sin límite lo que motivaba al pibe a visitarlo tres veces por semana. Consciente de que los parches y los platillos molestan menos en la casa del abuelo, había mantenido un silencio conveniente para aliviar su soledad.

Ahora Eusebio miraba el jardín de atrás de un vidrio. Algún soplo de brisa, que caprichoso se metía entre los paredones que le impedían las tardes de sol, cada tanto despabilaba las plantas y le daba vida a esa foto. Él tenía muy presente el momento en que había ingresado al geriátrico. Aquella vez, después de los saludos de ocasión, que sólo algunos respondieron con cierta lucidez, se detuvo frente a esa misma ventana repasando sus días felices.

Al comienzo del verano en que Juanito se fue a tocar a la costa, se quedó sin argumentos para seguir viviendo en su casa.

–Esta nueva vida requiere orden –le dijo el enfermero al recibirlo.

Orden cerrado, pensó Eusebio recordando la colimba durante la primera siesta. Desayunar a las ocho, esperar hasta el almuerzo, después la siesta, merienda, tiempo libre, cena, otra vez tiempo libre y a dormir.

El eufemismo tiempo libre incluye, medicación, ducha y, en su caso, ejercicios de rehabilitación, escuchar un poco de música, lectura de lo que haya a mano;

y soportar la bobadas de las chicas y el enfermero. Sólo cuando hablaba con el proveedor de verduras se divertía un poco. –“Ese pibe es un atorrante lindo…, hablamos de fútbol, nos contamos chistes y nos cagamos de risa. Me conecta con lo que pasa allá afuera, ¡no como estos bobos que tienen menos calle que Venecia!” –le dijo a Juanito la única vez que fue a visitarlo. Ese día no lo había reconocido. Nunca lo había visto con barba y el pelo tan largo, pero después de mirarlo atentamente, el tatuaje no le dejó dudas.

A los quince días de convivencia conocía todos los movimientos del Hogar. Sostenía que llamaban Hogar a ese infierno tratando de endulzar la honda amargura que debía soportar.

La sagacidad de Eusebio le permitió conocer los hábitos y costumbres de todos sus compañeros, los conocía hasta sus mínimos detalles. Notó que María tomaba un antidepresivo después de cada comida. Llevaba las pastillas a la mesa y las apoyaba al costado del plato. Las tomaba con el último sorbo de agua al terminar de comer. Eusebio se acomodaba al lado de María y, disimuladamente, le cambiaba los ansiolíticos por unas aspirinas que conseguía simulando jaquecas. Esas pastillas le ayudaban a soportar la soledad. Asi comenzó a vivir días de paz y hasta algunos de placer. En una siesta disfrutó del mar. Acarició las olas entre acordes que se mezclaban con la voz de Spinetta. Aquella tarde perdió la noción del tiempo hasta que el enfermero lo zamarreó para levantarlo.

Estas vivencias se hicieron cada vez más frecuentes. Su único límite con las pastillas era no dejar indefensa a María. La solidaridad le duró unas pocas semanas.

Cuando se llevaron a María, Eusebio tenía pastillas para muchas siestas. Ya no le interesaba relacionarse con nadie, ni siquiera con los que estaban en condiciones de tener una conversación con mínima coherencia. Esto no le molestaba, al contrario; lo liberaba de cumplidos insoportables.

Sin María, las comidas fueron perdiendo interés, lo que pronto se le notó en el color de la cara y en los sobrantes del pantalón.

El día que escuchó a Juanito en la radio, se dio cuenta inmediatamente quién era el que tocaba ese ritmo. Cuando terminó de sonar la batería apagó la radio y buscó las pastillas de María. Contó doce. Lo recordó a Juanito hablándole de bases rítmicas y cuando le explicaba detalladamente las estructuras de blues. Buscó más, pero no encontró. Solo doce. Las tragó de un solo envión de puño antes de que entrara el enfermero. Después lo saludó, le recibió el paquete con la ropa limpia y se fue al baño.

Cuando se sumergió en la bañera, lo hizo al ritmo de Juanito.


Oscar Cesareo - Taller del Mate



febrero 24, 2023

La historia

             Usted no dice nada, claro. No me va a preguntar. Pero le llama la atención. Uno no llega a un hotel y dice ¡No sabe lo que me pasó! Tampoco puedo confesarle que debí haber seguido la recomendación de mi esposa, de ponerme un jean pero no, quise viajar con el pantalón de lino blanco.

Yo tampoco puedo contarle que faltaban solo dieciocho kilómetros. Pensé que llegaba, me confié. Hasta que, amenazante el aviso, fue un palpitar interior que me hizo sentir que el tiempo estaba corriendo. Las manos se transformaron en garfios prendidos al volante. Los ojos hurgaban los costados de la ruta donde un verdor indiferente había succionado los colores borrando los rojos. Afuera todo era una penumbra que acechaba.

Mi único pensamiento era: “Debo llegar a tiempo”. Negro y aciago, el horizonte continuaba negándome el mínimo titilar de una lámpara, una marca, una señal. El camino por momentos se volvía confuso. Mi mirada se secaba buscando entre las sombras, el signo de una morada. Mi moral había comenzado a desplomarse. Entonces establecí una realidad paralela para entretener al enemigo.

Descubrí que pronunciar en voz alta el nombre de los parajes que superábamos borraba por un momento la acechanza, fui nombrando en voz alta cada una de las señales de tránsito que veía. Pero fue vana la ilusión de distraerlo. Desde mi interior el gruñido se fue profundizando hasta mutar, en un amargor en mi boca me iba marcando el frágil y delgado límite que estaba atravesando.

Espié el blando horizonte en un estado de desesperación constante hasta que finalmente descubrí aquella luz, aquella ostra enmarcada en rojo, que era el objeto de mis ruegos. El enemigo, sin yo saberlo, preparaba desde lo más hondo un ataque. Bombardeaba  mi voluntad haciéndome temer lo peor.

La luz sospechada ya era real. Faltaban pocos metros. Puse la luz de giro y el auto se detuvo, no quise distraer fuerzas frenando, sólo levanté los pies del acelerador y logré arrastrarme hasta el exterior. El menor paso en falso podía barrer con este duro triunfo ya casi obtenido. Pálido bajé del auto y el aire limpio y frío me dio por un momento una sensación muy cercana al éxito. Sentí el pelo pegado sobre mi cara bañada de sudor.  Lo que había sido una tarde tibia, era en ese momento una noche fría, respiré, buscando alivio pero el aire olía a líquidos inflamables. Seguí las señales. Crucé el espacio abierto. El camino era de piedra blanca partida y brillaba con el sol de los reflectores. Pisé con cuidado, no podía correr, pero el tiempo me jugaba en contra

Llegué a la puerta, metálica ya húmeda por el rocío que ya había caído. Giré el picaporte dorado y todos mis pensamientos se centraron en ese girar del bronce. En el abrir, que no ocurrió. Con desesperación comencé a zarandearla pero no cedió, no responde. La puerta seguía cerrada, inhospitalaria.

El empleado, envuelto en su traje rojo y amarillo, me observaba desde los surtidores. Me di cuenta ahí mismo que todo estaba perdido. Las últimas fuerzas que me quedaban me sirvieron para escuchar lejana, su voz

—¡La llave Maestro! — Y levantando la mano, me la mostró.

El enemigo llegó primero que su imagen, produjo un sudor frío que bajó desde mi frente hasta mi estómago. Me entregué, debí reconocer su victoria.  En un último esfuerzo traté desesperadamente de evitarlo, pero no lo logré. Cerré los ojos y pensé: “Por qué no me puse el jean en vez de este pantalón de lino blanco”.

Y ésta es entonces, la historia de esta mancha.


Mónica González - Invitada Especial



febrero 21, 2023

Pueblo chico

 Graciela comenzó a ir al grupo de Narcóticos anónimos de la ciudad de Chivilcoy enseguida que se mudó allí. En enero cumpliría un año.

Eran muchos los integrantes del grupo, por eso se dividían en subgrupos más pequeños. Tenían un sistema de ayuda anónima que consistía en que ,una vez al mes cada uno escribía una carta en la que comentaba los motivos que los llevaron a tomar el camino de las drogas.

El coordinador colocaba un número en un sobre cerrado. Cada participante agarraba un sobre y ese sería su número por ese mes. En la reunión siguiente, cada uno ponía su carta en otro sobre con el número afuera. Otro integrante leía esa carta y la contestaba. Devolvía su respuesta con el número afuera también,y cada quien se llevaba la carta correspondiente. Al mismo tiempo que respondía a esa especie de compañero invisible.

La carta de Graciela decía lo que sigue:

"Querido compañero invisible, hace veinte años que consumo pastillas para dormir, para despertarme,para mantenerme en pie y para soportar el peso de esta vida que llevo.

En el tiempo que tengo en narcóticos sólo tuve una recaída y estoy muy agradecida al grupo por la ayuda que recibo.

Mi historia es una más, pero como es la mía, para mí es la peor.

A los trece años comencé a usar cocaína. Todo el tiempo estaba aspirando. Dejé los estudios. No conseguía ningún trabajo que me dure. Para poder seguir en la mía, tuve que prostituirme. Por un poco de guita me dejaba coger por cualquier viejo asqueroso.

A los dieciocho quedé embarazada. No tenía idea de quién era el padre. Tampoco me interesaba saberlo, ni tener a mi cargo a alguien que dependa de mí. A pesar de ser drogadicta, nunca me hice ningún tatuaje. Porque los tatuajes son como los hijos, para siempre.

Cuando nació mi hija, le di la teta una vez y la dejé en la puerta de la iglesia del pueblo.

Pasé un año igual, drogada todo el día.

Un día me di cuenta de que así no podía seguir y pedí ayuda. Estuve sobria un tiempo y conseguí trabajo. Pero la sensación de culpa no me dejaba en paz y volví a las drogas. Está vez, legales, pero igual de dañinas para cualquiera.

Si pudiera volver atrás no sé que haría. Todos dicen que no harían lo mismo. Yo no lo sé. Lo que sí sé es que me gustaría, aunque sea, volver a ver a mi hija una vez. O saber de su vida".

 

El martes siguiente, Graciela colocó su sobre en la mesa al igual que todos. Participó de la reunión, colaboró haciendo  el café y repartiendo galletitas. Luego de la oración final tomó un sobre y volvió a su casa. Lo abrió y en él decía así:

"Querido compañero invisible, consumo cocaína desde los trece años. Dejé la escuela, soy prostituta para poder snifar todo el tiempo. Quedé embarazada y no sé quién es el padre ni me importa. Sólo sé que no puedo tener a nadie a mi cargo.

Comencé a drogarme cuando me enteré de que mis viejos no eran mis viejos. Ellos me encontraron en la puerta de una iglesia y me llevaron a su casa. Me salvaron la vida, pero yo no pude entender quién podía ser tan hija de puta como para abandonar un hijo y ahí comencé a consumir. Ahora la hija de puta soy yo, porque dejé a mi hija en la puerta de un hospital. Los hijos son como los tatuajes, por eso nunca me tatué".


Mary Brucculeri - Taller de la Luna